Patricio Lepe Carrión


Reflexión en torno al día de la ‘raza’ y el ‘racismo’

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Nadie niega que el 12 de Octubre es una fecha nefasta, con la cual se encubrió el genocidio, la usurpación, y la instauración de un modelo de sociedad basado en el racismo.

Incluso, pareciera ser que hablar de ‘racismo’ resultara un poco anacrónico. Nuestra sociedad se jacta –por ejemplo– de un reconocimiento de la diversidad y diferencia cultural, e ‘inclusión’ de los mapuche en la mayor parte de las políticas públicas.

Sin embargo, este ‘multiculturalismo’ que el Estado ha llevado adelante desde las últimas décadas, y que tanto las instituciones públicas como privadas han incorporado a su ADN corporativo, no cuestiona de ningún modo la estructura social y política que ocasiona la desigualdad social, y la injusticia real por la cual atraviesan las comunidades indígenas en Chile.

El ‘multiculturalismo’ más que dificultar las tareas del Estado, le ha servido como una estrategia de dominación, por medio de un marketing político que tiene como eslogan ‘el respeto a nuestros pueblos originarios’. Tanto así, que las actuales candidaturas políticas, del color que sean, apuestan todas ellas a orientar sus discursos hacia el mismo tipo de estrategia.

Desde siempre ha habido diversidad cultural; el mestizaje mismo puede considerarse un ejemplo de dicha constatación.  Sin embargo, hoy se habla de ella como un gran descubrimiento. Es más, hace siglos atrás, la corona española, mucho antes de la ‘independencia de Chile’, al verse vencida por los pueblos del sur del continente, optó por el reconocimiento de las comunidades. Con las cuales llega incluso a ‘parlamentar’.

Pero hoy en día, el ‘multiculturalismo’, vacío de cualquier significado, se convierte en una mera maniobra –por parte del Estado chileno– para controlar y apaciguar el conflicto étnico. ‘Incluir’ la diferencia cultural al orden político y económico, significa la imposición de un modelo de sociedad que pretende restar o neutralizar la lucha de los grupos indígenas marginados.

No basta con ‘reconocer’ e ‘incluir’. No basta con un ‘multiculturalismo’ que sea funcional al sistema dominante. Hace falta otro modo de articular un diálogo entre personas, culturas, saberes, etc. Diálogo que sólo puede darse bajo iguales condiciones, y no con un señor dictando las reglas del juego desde la cabecera de mesa.

Chile es un país que estructuralmente ha sido modelado sobre la base de la ‘diferencia racial’ que la conquista, desde 1492 en adelante, fue sembrando en el reino. Por un lado los blancos-europeos-heterosexuales-patriarcales, y por el otro, el nativo-salvaje-bárbaro-iletrado-polígamo. Toda la colonia fue una ‘misión’ civilizadora que tenía por objeto la instauración de un sistema de sociedad de castas. Colegios para criollos, colegios para mestizos, y otros para los hijos de cacique. Todos los cargos públicos restringidos por un exhaustivo proceso de ‘limpieza de sangre’, donde se debía demostrar que se estaba ‘limpio’ de cualquier mancha de sangre indígena.

La independencia de Chile fue un proceso donde la ‘raza’ constituía el pilar fundamental sobre el cual se tejieron las relaciones sociales. La élite blanca-europea, la misma que forjó la institucionalidad del Estado-Nación, fue una poderosa casta criolla que empleó todos sus recursos (simbólicos) para explotar y mantener al ‘bajo pueblo’ (mestizos e indígenas) en una condición de marginalidad y alejado de cualquier tipo de participación política.

La historia la escribieron los blancos con sueños europeizados, los criollos; los mestizos la aceptaron como suya; y los indígenas fueron instrumentalizados como caricatura en el escudo nacional, haciendo de ‘símbolo’ patrio representando la guerra victoriosa y valentía.

Lo paradójico, fue que durante el siglo XIX, el Estado chileno volvió a reproducir el genocidio, la usurpación contra los mapuches. Y lo que es peor, a reforzar un sistema de sociedad en que la ‘raza’ seguía siendo un eje relevante en la configuración de las relaciones sociales.

Todo este relato puede ser archiconocido por el lector, y no pretendo detenerme en fechas ni sucesos. Mi intención es sencilla, solamente traer una breve reflexión para este día 12 de Octubre, día de la ‘raza’.

Efectivamente, durante el año 2000 el nombre del feriado fue modificado a ‘Día del Encuentro de Dos Mundos’. Pero este eufemismo no cambia para nada el problema de fondo. Digamos las cosas por su nombre, hoy es el día de la ‘raza’ (y del ‘racismo’).

La ‘raza’ como realidad biológica no existe. El concepto de ‘raza’ es una construcción socio-cultural que tienen determinados grupos humanos para clasificar, distinguir o inferiorizar a los otros. Y si alguna vez conmemoramos el ‘día de la raza’, no fue porque quisiéramos denunciar este hecho; sino, porque efectivamente se creía que las ‘razas’ eran realidades biológicamente existentes; se nos hizo creer que había razas mejores que otras; y que los indígenas pertenecían a una ‘raza’ que por ‘naturaleza’ estaba destinada a la subyugación.

Hoy, hablar de ‘raza’ y ‘racismo’, nos invita a tener presente no un superficial ‘multiculturalismo’ que reconoce las diferencias y las incluye; sino más bien, a hablar de ‘interculturalidad’, en sentido de condenar las causas que posibilitan que el sistema de diferenciación de clase, inequidad, injusticia social, etc., sea otra vez más reproducido. La interculturalidad, es un modo de visualizar la realidad social de otra forma, que está lejos de pretender únicamente el ‘reconocimiento’ y la ‘inclusión’, sino más bien, de transformar las estructuras sociales y políticas ‘coloniales’, que hemos heredado sin mayor cuestionamiento. Esto, con tal de generar un diálogo ‘horizontal’ entre personas y culturas diversas; sin ese verticalismo con que los gobiernos (tanto de Concertación como de Alianza) malamente han realizado de forma unidireccional.

Es decir, la interculturalidad –en el sentido que hemos señalado–, nos invita a pensar este 12 de Octubre como un evento de instauración de la ‘diferencia racial’ en las estructuras políticas de nuestro continente, y de las cuales aún –lamentablemente– no nos hemos despojado. Más aún, nos invita a revisar nuestras propias prácticas cotidianas; a ser más críticos con el mensaje tergiversado que nos otorgan los más importantes medios de comunicación. A cuestionarnos sobre cómo de algún modo estamos siendo capturados por ese ‘multiculturalismo’, y de cómo se nos adormece la vista respecto a la complejidad y riqueza que significan los pueblos indígenas que conviven con nuestro país.

Urge un pensamiento crítico de la ciudadanía, que nos haga reconocernos como iguales ‘en’ la diferencia, y nos permita comprender que nuestra propia resistencia a la desinformación, a la tergiversación, y a la indiferencia de ser partícipes de un proyecto ético (y por tanto político) de transformación social, es ya un paso importante hacia la construcción de un mundo más equitativo y justo. Pero lo ‘político’ a que me refiero no tiene nada que ver con la politiquería de moda en las campañas electorales, sino, con una perspectiva de vida que coloque la dignidad de las personas en un lugar privilegiado, y que encarne ese principio cristiano que tan poco hemos llevado a la práctica en nuestra cotidianidad: ‘amar a todos las personas como si fuéramos nosotros mismos’. Si ese ‘amar’ lo redujéramos a ‘respetar’, es muy probable que este mundo sería mucho más distinto y mejor.

 

Publicado primeramente en: Revista Cruce


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