Patricio Lepe Carrión


Ser profesor, una “penosa ocupación”
abril 7, 2012, 8:09 pm
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Ser profesor, una “penosa ocupación”

Con este título encabezaba Camilo Henríquez en 1813 una editorial del periódico La Aurora de Chile. El autor, se preguntaba en aquel texto sobre la contradicción que existía entre la importancia de la profesión docente y el poco ‘aprecio’ que se tiene por ella; agregando que, debido a esta contradicción es que nuestra patria se ha perdido a grandes genios que pudieron engrandecerla. Luego de 200 años aún nos hacemos la misma pregunta; el problema -al parecer- ha permanecido casi inamovible.
Es preciso señalar que el sacerdote valdiviano Camilo Henríquez tenía en mente para su crítica el modelo educacional de la Colonia, que ya venía en plena decadencia durante el siglo XVIII. Desde la conquista, que la educación estuvo a cargo de la Iglesia, las diferentes órdenes religiosas fueron las responsables de la formación y disciplinamiento de las diferentes castas sociales. Los jesuitas, fueron quizás la orden más relevante, por medio de la cual se habría gestado una muy arraigada elite social criolla heredera del poder durante el período independentista, dado que el sistema por ellos administrado (la ‘ratio studiorum’), no sólo era de un prestigio inigualable, sino también, ocultaba en su interior una muy prolija herramienta de segregación etnoracial. Evidentemente, al ser expulsados los jesuitas de Chile en 1767, el poderoso sistema educacional, que con tanto esfuerzo habían construido, se vino irremediablemente abajo.

Si el ‘colonialismo’, como sistema de dominación ‘política/jurídica’ iba desapareciendo poco a poco hasta la llegada de la denominada ‘independencia’, el sistema de dominación ‘cultural’ que aquí llamamos ‘colonialidad’ se iba perpetuando y sedimentando principalmente por las clases criollas dominantes.

Los jesuitas habían hecho del sistema educacional en el reino, un semillero de los futuros líderes de la sociedad chilena. De hecho, gran parte de los llamados ‘padres de la patria’ fueron educados en escuelas o universidades de la Compañía. Lo que la historia no precisa en señalar, es que al interior de los colegios, los jesuitas distinguían de manera muy delicada a los hijos de indios y mestizos de los hijos de criollos y peninsulares, enseñándoles cosas absolutamente distintas; cada cual a sus rubros. Los indios y mestizos apenas aprendían rudimentos de lectoescritura, mientras que a los ‘blancos’ de sangre europea, se les enseñaba gramática, latín, Teología, Filosofía, etc.

Las haciendas jesuitas, retiradas de la ciudad, albergaban no sólo a los esclavos, a quienes liberaban de los encomenderos, pero seguían siendo explotados muy penosamente en las mismas haciendas. Señalar además que a los indios se les enseñaba los ‘oficios manuales’ (que ya desde los griegos se tenían como ‘oficios de esclavos’) como carpintería, curtiembre, zapatería, cerámica, construcción de botes, agricultura, etc. Con esto, los jesuitas se ganaron una muy buena imagen frente a la sociedad (y también en la historia); y por supuesto, una riqueza inigualable.

Los jesuitas estuvieron en contra de la encomienda, pero sin embargo, fueron los pioneros del ‘inquilinaje’, una fuente inagotable de ‘mano de obra’ barata y de perpetuación de ‘clases bajas’ que reproducían nuevas generaciones de subordinados. Fue sobre este trasfondo ‘educativo’ que los indios y mestizos pasaron a conformar el ‘bajo pueblo’ chileno; o dicho de otro modo, las clases sociales menos favorecidas del siglo XIX, con su antecedente directo en la naturalización de sus diferencias étnicas. El ‘roto’ chileno surge -como imaginario social- a partir de la mayoritaria población mestiza que no podía acceder al poder por asuntos estrictamente ‘genealógicos’.

Este sistema perverso, que no podemos detallar por una cuestión de espacio, no se vio afectado por las reformas borbónicas, ni menos por la Independencia; es decir, que si bien la expulsión de los jesuitas vino a desestabilizar la administración de la enseñanza durante el traspaso de los siglos XVIII y XIX, paradójicamente se fortaleció el sistema de ‘dominación cultural’ o ‘colonialidad’ que, no sólo segregaba ‘etnoracialmente’ a la población del reino, sino que colocaba indiscutiblemente a la clase criolla en un lugar privilegiado.

Camilo Henríquez escribía un año antes al texto ya citado, que las razones por las cuales Chile ‘no progresaba’ no radicaban en la despoblación, sino más bien “en la imperfección de la agricultura, en el atraso de la industria, comercio, policía, ciencias exactas y naturales, artes útiles…”. Para él, la ‘educación’ debía estar separada de la Iglesia, pero a cargo del Estado, ya que por su instrumentalización se podía garantizar el bienestar social y la transformación de los sujetos: “La práctica de las ciencias sólidas, y el cultivo útil de los talentos es inseparable de la grandeza y felicidad de los estados”.

Con esta última frase, Camilo Henríquez expresaba en muy pocas palabras el aparato ideológico que motivaba a las políticas borbónicas en Chile; la eliminación del vagabundaje y ociosidad al que inevitablemente caían las castas bajas, que sólo podía llevarse a cabo si la educación convertía a los ciudadanos en vasallos ‘útiles’.

Obviamente, la Revolución Industrial que vino aparejada al siglo XVIII, más la emergencia de un pensamiento europeo centrado en las ‘ciencias exactas’ y ‘objetivas’, hizo que toda forma de conocimiento ‘humano’ o relativo a la ‘interioridad’, fuera no sólo quedando en desuso, sino también, miradas con absoluta desconfianza, en tanto ponían en riesgo la estabilidad ‘utilitaria’ del Estado y de los exagerados e injustos privilegios de los que gozaba cierto grupo social. Es así como las ciencias del espíritu debían conservarse en lugares bajo llave, fuera del alcance de los ‘rotos’.

La ‘filosofía’ -por ejemplo- estuvo reservada a pequeños grupos de elite intelectual; incluso la ‘universidad’ se convertía en lo que Ángel Rama denomina como una ‘ciudad letrada’; es decir, como un círculo cerrado de muy difícil acceso que legitimaba las diferencias de ‘sangre’. La misma ‘masonería’ al constituirse como uno de esos grupos intelectuales ‘cerrados’ -y que tanto se jacta de ser la impulsora de la autonomía frente a España- es quizás la institución más clasista, sexista y racista que durante el siglo XIX vino a posicionar en cargos de poder político-económico ‘solamente’ a individuos blancos (de ascendencia europea), propietarios, trabajadores, ilustrados, heterosexuales y ‘varones’ (añeja costumbre que algunas logias mantienen hasta la fecha).

La masonería, tanto o más que la misma Iglesia católica, se habría encargado de mantener intacto el sistema perverso de dominación cultural que la colonia nos habría heredado: la colonialidad, o racialización de las clases sociales. Evidentemente, la proyección de este problema hasta la actualidad es un asunto de suyo complejo y difícil de abordar.

Cabe ahora preguntarse si hoy en día la ‘universidad’ ha dejado de ser una ‘ciudad letrada’ o si aún mantiene ciertos mecanismos invisibles de segregación social. La misma Confech, el año recién pasado, le enrostraba en una carta al presidente Piñera que la Educación Superior efectivamente legitimaba las desigualdades en la sociedad: “discriminándola por nivel socioeconómico y no por las capacidades ni habilidades de los estudiantes”. Al parecer, el sistema perverso de ‘distinción’ ha transitado olímpicamente desde la ‘raza’ a la ‘clase’ (existe una rica fuente bibliográfica al respecto).

Me pregunto si las revueltas estudiantiles han sido ofuscadas en su espíritu idealista con el severo castigo del gobierno (o de su terquedad) y, dejarán que el olvido se lleve sus ilusiones (y las nuestras). Me da la impresión que la esencia de la revolución estudiantil radica justamente en interrogarse en torno a la ‘perversidad’ que hemos señalado, y poner sobre la mesa un nuevo proyecto educativo que ‘exige’ de la sociedad otros valores y una nueva forma de ver la vida, que nada tienen que ver con la instrumentalización de los individuos.

Por último, ¿en qué medida los docentes de hoy se sienten involucrados ‘vocacionalmente’ hacia el ejercicio ‘crítico’ de su profesión y no sólo a reproducir, de manera inconsciente, las desigualdades sociales o los mecanismos invisibles de dominación que operan en sus prácticas educativas cotidianas? La indiferencia a estas cuestiones pone en evidencia la ‘penosa ocupación’ a la que estamos expuestos.

Publicado en:

– Diario El Centro, Revista TEMAS, 4 de Marzo de 2012.

– Revista Mensual de Economía, Sociedad y Cultura (ISSN 1605-5519), Marzo, 2012.


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